Arbol Genealógico Vega

Felipe Vega Remil - 08 de Octubre de 1901 - 31 de Enero de 1980

Anecdotas

Escritas por Oscar Vega Balzarini 1932-1985, basadas en los relatos oidos de boca de Felipe Vega Reimil

COSAS DE COMITÉ

Allá por lo años 1920 mi padre, como la mayoría de sus hermanos, era socialista (sin duda esa ideología política expresaba el pensamiento de mi abuelo paterno. Este era nacido en Salamanca, provincia que se encontraba dentro de la zona de mayor difusión, a finales del siglo XIX, del socialismo español). (ver gráfico LXIII).
Llegó entonces el día de elecciones nacionales, y fue cuando toma conocimiento, a través de lo dicho por un amigo, que el Comité Radical cercano a su domicilio en el barrio de Caballito estaba comprando los votos de los ciudadanos para que estos al emitirlo lo hicieran por los candidatos de aquel partido.
Por veinte pesos moneda nacional el ciudadano recibía un sobre blanco cerrado conteniendo la boleta radical. Con el mismo se trasladaba al lugar de emisión del voto donde presentaba su libreta de enrolamiento (hoy documento único de identidad). El presidente de la mesa le entregaba el sobre para que dentro del cuarto oscuro lo llenara con la boleta del partido por el cual deseaba votar, lo cerrara y luego lo llevara a la mesa donde el presidente lo firmaba y lo devolvía al votante para introducirlo en la urna. El ciudadano debía, en el cuarto oscuro, guardarse el sobre que le entregara la mesa y depositar en la urna el sobre que el habían entregado en el comité.
Después cuando llevaba el sobre vacío y mostraba la libreta firmada recibía los veinte pesos. Con ese sobre continuaba la rueda asegurándose la votación a favor de los radicales.
Fue entonces cuando mi padre con sus amigos socialistas se decidieron a divertirse a costa de los radicales. Se presentaron a dicho comité, y retiraron los sobres respectivos. Después los abrieron empleando un lápiz y paciencia. Reemplazaron la boleta radical por otra del partido socialista y concurrieron a votar siguiendo los pasos indicados por el Comité Radical.
Volvieron a este último con las libretas firmadas y cobraron los veinte pesos. Pero a pesar de las esperanzas radicales en las urnas había menos votos para este partido que los esperados. También muchos menos pesos, que la muchachada socialista del barrio de caballito gastaba divertida festejando la travesura realizada.

Oscar (Vega). 12-I-88
Datos obtenidos de una grabación

UN CALMANTE, SR. IDÓNEO

Estaba otra vez en Puerto Nuevo. Esta vez por culpa de la mala suerte!
Número alto! Marina. Dos años por delante!
En el patio la muchachada tomaba sus primeros contactos entre sí, mientras esperaban que alguien les indicara qué hacer.

- A mí me gustaría que me mandaran a un acorazado.
- Tengo hambre! - decía otro.
- Y yo un sueño que me duermo parado.
- La fragata sería bárbara. A fin de año recorrés el mundo en el viaje de instrucción!
- Ja! Dos años sin ver a la familia…Ni a la novia…
- Que me importa. Sabés la fama que me voy a hacer en cada puerto! Y a vos qué te pasa, papirulo!
- …Y…yo extraño…

Él los escuchaba. Ya había pasado por esos preliminares cuando había ingresado a la Escuela de Radiotelegrafistas de la Armada.
Esos "giles" soñaban con aventuras. Lo más probable sería que todos fueran a parar al Destacamento Naval de la Isla Martín García, y entonces sí que estarían fritos! Cuántos kilómetros de Buenos Aires? 50? 60? Y el Río en el medio! Cuántas veces vendrían a Buenos Aires en cada año? Dos? Tres?... Y tenían dos años por delante!

- Atención - gritó el Suboficial - formen tres filas enfrente mío. Pasó lista mientras un Oficial observaba la escena desde una decena de metros detrás de él. Después, el suboficial le presentó a éste a los nuevos "reclutas".
- Conscriptos…¡Buenos días! - dijo el Oficial y continuó - Aquellos conscriptos que sean estudiantes de medicina se colocan a mi derecha y le dan su nombre al Suboficial.

Comenzaron a salir uno, dos, tres.
Su cerebro trabajaba. Estos al Hospital, o a la Enfermería. El resto…¡Martín García!
El suboficial anotaba. El oficial hablaba con otro, un teniente de navío. Los reclutas se miraban…
El oficial se volvió a la "tropa":

- Estudiantes de farmacia ¡al frente! - .

Nadie se movió.

- Idóneos de farmacia o bioquímicos ¡Al frente! - .

Ahora o nunca! Ahroa o Martín García! Irracionalmente dio un paso al frente. Ya el suboficial le estaba tomando el nombre: Felipe Vega Reimil.
La formación torpemente dio frente a su derecha y comenzó a alejarse…¿Hacia Martín García?...
Irracionalmente dio un paso al frente. Ya el suboficial le estaba tomando el nombre: Felipe Vega Reimil.

Otro Suboficial lo llevó a un edificio donde otros le entregaron uniformes, sábanas, colchonetas, etc, etc, y un lugar y una cama para dormir…¡Cuando llegara la ocasión!
¡Vaya por aquí! ¡Vaya por allá! Haga esto, aquello no!
Órdenes de suboficiales y bromas de los marineros veteranos que se cortaron cuando conocieron que este recluta no lo era tanto porque se las habría aprendido casi todas en su anterior paso por la Marina, matizaron el día hasta que rendido estrenó su colchoneta. ¡Maldita sea! ¡Dos años! A pesar del cansancio no podía dormir. ¡Idóneo de farmacia! En que se había metido… De farmacia apenas si había oído nombrar el té de boldo…

- ¡Arriba! - ordenó el Suboficial. La voz lo arrancó del profundo sueño en que había caído.
- ¡Aquí!¡Allá! ¡Hagan esto! ¡Hagan lo otro!

Una hora después después estaba en la Farmacia. En ese mismo momento sus compañeros de ayer estaban en el Destacamento Martín García.

- Cómo te llamas? - la pregunta lo sacó de sus reflexiones.
- Felipe.
- Yo soy Enrique
- Y yo Mario.

Los conscriptos de la clase 1900, la anterior, lo recibieron bien. ¿De dónde sos? ¿De qué cuadro? La presentía…la venía venir…

- ¿Dónde trabajaste?
- …en el FC Oeste.
- Me refiero, ¿en qué farmacia?
- … en la de la enfermería del F.C.

La llegada del farmacéutico, un viejo oficial de Marina interrumpió el diálogo.
Apenas si lo miró cuando el conscripto, estudiante del último año de Farmacia y su brazo derecho le comentó que tenían un nuevo compañero con quien repartir los turnos de atención a la farmacia. Se metieron juntos en el despacho al tiempo que Enrique le entregaba un lampazo y un balde diciéndole:

- Vamos a limpiar.

Así, pasó el primero y segundo día. El local comenzaba a brillar. Cada vez que alguien llegaba se metía de cabeza

(datos incompletos)

 

UNA BROMA DE OFICINA

Cuando los FFCC eran ingleses (hasta 1947) el actual FC San Martín, se llamaba "FC de Buenos Aires al Pacífico", y con el tiempo simplemente "FC Pacífico". Por la época de esta anécdota mi padre era empleado de la Oficina de Personal. Esta tenía su edificio en la vieja estación Palermo (la cual es la actual estación de Cargas que se encuentra en el mismo plano de la Avenida Juan B. Justo, sobre la playa de maniobras que limita la Avenida Santa Fé. Posteriormente en los años 1940 se trasladó a sus actuales oficinas que están en el primer piso del edificio cuyo frente da a la Av. Santa Fé, entre Av. Juan B Justo y la calle Oro).
En aquella vieja estación (Oficina de Personal) se desempeñaba como ordenanza un gallego que era el centro de las bromas de los empleados de aquella oficina. El pícaro español aceptaba de buen grado la situación por cuanto ello le permitía explotar en su favor a la misma. Así era que en el mismo centro de control de la disciplina como es una oficina de personal, el firmaba diariamente que había tomado servicio a las siete de la mañana, que era la hora en que debía comenzar sus tareas de limpieza, cuando en realidad lo hacía pocos minutos antes de las ocho que era la hora en que entraban todos los jefes y empleados de la oficina. Además él preparaba té que vendía al mismo personal, violando sus tareas específicas y por supuesto en detrimento de las mismas.
Soportar las bromas era el costo que debía afrontar para que la oficina que conocía lo anteriormente relatado, se lo permitiese en un pacto implícito que su picardía había sabido manejar.
El caso es que cierto día, Bustamante, uno de los empleados para más datos amigo de mi padre, llega luciendo un hermoso reloj de oro. Como es común, el conjunto de los empleados toman contacto con él para observarlo y admirarlo o envidiarlo.
Como es de suponer el gallego del cuento también anduvo por ahí haciendo sus "sociales". Por ese entonces una marca de cigarrillos, "Condal", buscaba captar un mayor porcentaje del mercado. Para ello obsequiaba un reloj de oro a quien presentase una serie de números que iban del uno al veintiocho. En cada paquete de cigarrillos venía un número. La serie era relativamente fácil de conseguir con excepción del número siete. Este venía firmado de puño y letra por Sanjurjo quien era el dueño de la fábrica como se comprende el sistema estimulaba la ambición y esta incrementaba el consumo de cigarrillos "Condal".
Nuestro gallego ambicionaba obtener uno de los relojes de oro. Por entonces ya había coleccionado varias decenas de series de números, pero nunca lograba ninguna de los siete que pudieran completarla.
Verlo al gallego contemplando el reloj de Bustamante y rememorar el repetido cuento de aquel sobre sus luchas y caminatas cambiando de kiosko de cigarrillos con la esperanza de obtener "su" siete, fue todo uno en la mente de Arbia, amigo de mi padre (y posteriormente mi padrino).
Así se tramó la broma:

1. Bustamante diría que lo había ganado en "Condal".
2. Arbia diría que aquello no era cierto. Que la realidad era que el "siete" se lo había dado Vega, cuya hermana que trabajaba en "Condal", y se lo había conseguido.
3. Si el gallego picaba, se seguiría con la broma según las circunstancias.

Los pasos 1 y 2 sucedieron según lo planeado. Fue entonces cuando el gallego tomó la decisión. Se apersonó a mi padre y le dijo de improviso:
- "Sr. Vega, si UD. Me consigue un "siete"como el que le dio al Sr. Bustamante yo le doy tres meses de té sin cobrarle nada". - dijo el gallego, impulsado por la ambición de conseguir el reloj de oro.
- "Pero de dónde has sacado que yo pueda conseguírtelo…"
- "Vamos Sr. Vega, que yo sé que su hermana trabaja en Condal…"
- "Pero sinvergüenza, como te atreves! Te exijo que me digas inmediatamente quien te ha dicho semejante cosa!".
- "Sr. Vega, yo no me acuerdo…, lo oí por los escritorios cuando servía té… Perdone Sr. Vega".
- "Bueno, que sea la última vez que vayas por ahí corriendo chismes, que yo no me vaya a enterar".

Allí terminó la conversación, retirándose el ordenanza acosado por la ambición, la duda si le estaban negando la verdad de una hermana que conseguiría el ansiado "siete". Fue así que al día siguiente vuelve a la carga.

- "Sr. Vega…si yo le digo quien me dijo lo de su hermana, ¿Ud. Me consigue el Siete?"

Luego de la imaginable teatralización que realizó mi padre para ambientar la escena, le contesta:

- "Está bien, decime quien fue y yo te consigo el número… A ese tipo le voy a romper el alma!".

A pesar del temporal que presagiaba la respuesta la ambición del personaje pudo más y respondió:

- "El Sr. Arbia".

Fue entonces que mi padre le dice:

- "Seguime" - y repite lo mismo al pasar al lado de Arbia, mientras se dirigía al baño. Al llegar allí lo encara a Arbia:
- "Así que vos andás diciendo lo de Sanjurjo? Tomá!" - y le da un cachetazo.

Arbia, captando la "circunstancia", se dio vuelta hacia el gallego y a su vez le da un cachetazo, mientras sale del baño siguiendo a mi padre, le dice al supuesto causante del lío:

- "Así aprendés a cerrar el pico!".

Pero la cosa no termina ahí. Días después el pícaro gallego se presenta a reclamar el cumplimiento del contrato.

- "Sr. Vega, ¿se acordó de pedirle a su hermana el "siete"?".
- "No te preocupes, eso está en camino".

En la oficina había un compañero cuyo "hobby" era imitar firmas. Como es de imaginar a partir de un verdadero número 17 de la serie "Condal", se realizó un "siete" borrando el uno y colocando en ese lugar la firma de Sarnjurjo, dueño de la fábrica de cigarrillos.
A los pocos días el gallego rebosante de alegría se traslada, con el mencionado número falsificado a retirar "su reloj".
Cuenta la leyenda que el empleado de la fábrica "Condal", captando que era una broma, trató de hacersélo comprender preguntándole: "¿De dónde lo sacó?".
El gallego respondió que en un atado de cigarrillos. "¿Pero Sr., quien le dio este número?".
El gallego se mantenía:

- "Nadie, lo saqué en un atado".

Por último, el empleado no tuvo más salida que decirle al empecinado gallego que había sido víctima de una broma. Y que por esa razón no le podía entregar el reloj.
El gallego retomó su trabajo al día siguiente. Pero las cosas no podía dejarlas así…

- "Sr. Vega, yo le voy a contar a Mister Noonan lo que ustedes me hicieron".


Mister Noonan era el Gerente de Personal del Ferrocarril y el gallego limpiaba y ordenaba su oficina diariamente. La broma podía tener consecuencias para todos los bromistas y aún para el embromado. Así lo comprendió éste cuando le llegó la réplica:

- "Ni se te ocurra, porque te voy a romper el alma".

Otra decía:

- "Mister Noonan se va a enterar que diariamente firmás una hora después de la que te corresponde".

Y otra:

- "Además que vendés té en la oficina".

El gallego era pícaro…
Nunca se supo si Mister Noonan se divirtió mucho imaginándose al gallego reclamando el reloj en las oficinas de "Condal", o imaginando los agregados que haría al té que serviría a los bromistas…

 

¡ABRA! ES LA POLICIA

Siendo muy jovencito, mi padre, se inició como telegrafista en el F.C.O (Ferrocarril Oeste Actual Ferrocarril Sarmiento). Su destino fue el interior del país. Ya a los quince años era encargado de la Oficina de Telégrafos en una estación teniendo bajo su dependencia a dos telegrafistas de alrededor de 40 años. Ello debido a su capacidad técnica y a su responsabilidad en el trabajo.

Tiempo después rindió los exámenes correspondientes y obtuvo su ascenso a "Auxiliar de estación" y junto con ello se destinó a la estación de Gral. Viamonte (50 km al sur de la ciudad de Junín) en el Centro de la provincia de Bs. As.

Estoy hablando alrededor de 1919. Por ese entonces la actual ciudad no era más que un pueblito cuya estación ferroviario daba salida a la producción agrícola-ganadera de la zona circundante. Mi padre tenía por entonces menos de veinte años y dormía en la misma estación. Su función equivalía a la de segundo jefe de estación, y como tal debía permanecer en servicio en oportunidad en que pasasen los trenes nocturnos, tanto de pasajeros como de carga. Esto además de las funciones durante el turno diario.

Una noche, alrededor de las 2 de la mañana una hora después que pasara un tren de carga que allí no se detenía, se encontraba durmiendo sobre el mostrador de la oficina a la espera del próximo tren que pasaba alrededor de las seis de la mañana.

De improviso fue despertado por el estampido de dos balazos disparados contra el techo de la oficina.

El brusco despertar lo enfrentó con un hombre alto y fornido, con botas, bombachas y un pincho sobre los hombros.

_¡Despertate chiquilín! ¡Vos durmiendo y el tren acaba de atropellar a un paisano! Era el comisario del pueblo.

Este personaje era el dueño del pueblo y para serlo, como todos los que lo eran en aquella época, era por sobre todo un político. Como tal había sido nombrado comisario y por serlo era respaldado absolutamente. Se sabía que anteriormente había sido comisario en Rosario, de donde le habían aconsejado alejarse lueg de que matara a un hombre.

_"¡Seguime!" -y salió de la oficina escoltado por dos guardaespaldas.

Mi padre lo siguió sin poder responder nada. Caminaron por las vías y los faroles a kerosene iluminaron un cuerpo que había sido cortado por el tren. Dándose vuelta hacia mi padre, el comisario gritó.

_"Corré a llamar al farmacéutico, para que haga el certificado y te quedás en la estación."

Así lo hizo mi padre. Además despertó a su jefe de estación para que hiciera las comunicaciones a las autoridades ferroviarias y lo ayudó a labrar las actuaciones que indicaban los reglamentos de la empresa para casos como este.

Al día siguiente al occiso lo habían sacado de las vías y se lo enterró esa mañana en el cementerio del pueblo.

El farmacéutico hizo el certificado de defunción y el mundo siguió andando. Como lo hizo ese tren que pasó cuyo maquinista no oyó el grito de la persona que supuestamente atropelló.

Sencillamente no lo oyó porque los muertos no gritan…

Esa persona había muertos horas antes de un palazo o de varios que recibió en la cabeza por haberse atrevido a ganarle un juego de cartas por dinero al comisario del cuento.

Anecdotas de Felipe Vega Remil - Sus propios relatos